40 días cerca de Jesús
Tenemos que mirar a Cristo crucificado, hacerlo presente en nuestra vida, vivir mirándolo a Él. Debemos permitirle que use nuestras manos, hacer que Él se encarne en nuestra vida. Pidamos a Nuestra Madre que sea Ella quien nos acerque a su Hijo. Contemplar a Jesús en la cruz nos lleva a comprender que nos ama y a vivir en esperanza.
En el culmen de la salvación, Dios quiso regalarnos algo más, quiso darnos a su Madre. San Juan era consciente de que recibir a la Virgen como Madre era algo muy grande. «Y la recibió como suya» (Jn 19, 27). Esto era el colofón de la obra salvífica de Dios. Ella nos recibió como al mismo Jesús, nos ama como al mismo Jesús. A nosotros nos queda dejarnos querer por Ella.
La Cruz de Jesús nos llama al amor. Todo lo que vemos en la Cruz nos llama a amar. Tenemos que responder a esta llamada de amor.
El Reino que Jesús nos propone no es el reino que nosotros entendemos. Queremos un reino libre de preocupaciones y sufrimientos, lleno de placeres y lleno de sentidos. Cuando vemos a Jesús en la cruz, gritamos: «No queremos que ese reine sobre nosotros». Muchas veces Jesús se nos acerca para que le sigamos, pero no queremos llevar la cruz y acabamos negándolo. Pero si nos sujetamos a la Virgen, como hizo Juan, sabremos caminar junto a la cruz, construyendo un verdadero reino de paz.
Los ojos de Jesús son penetrantes, los ojos de Jesús son ojos de amor, de perdón… Aquellos que golpeaban a Jesús no podían soportar su mirada, por eso le cubrieron los ojos. Su mirada es una mirada que desnuda, por eso Él no alzaba su mirada ante Herodes. Debemos pedir al Señor que nos mire, que nos penetre con la mirada de Aquel que se dejó maltratar por amor.
En la noche oscura de su Pasión, Jesús instituye la Eucaristía y ordena sacerdotes a sus apóstoles. En el Huerto de los Olivos, Jesús ora al Padre, se angustia, se entristece, pide a sus discípulos que velen, que recen con Él para no caer, porque «el espíritu está pronto, pero la carne es débil». Jesús está sufriendo una profunda oscuridad en su alma, porque, para salvarnos del pecado, Él tiene que hacerse pecado.
Para predicar a Jesús, primero tenemos que profundizar en su vida. Lleno de negaciones, constantes fracasos, persecuciones por parte de los jefes del pueblo escogido... Jesús nos dejó el ejemplo de una verdadera vida de santidad. Ni siquiera los apóstoles lo entendieron. Refugiémonos en la Virgen, que nos sostiene en las pruebas, y cuando hagamos apostolado, mirémoslo a Él.
Buscamos a Dios, pero lo buscamos en cosas y criaturas caducas que realmente no nos sacian. Quien busca su satisfacción queda vacío, porque se encierra en sí mismo. Solo buscando el bien de otros y deseando a Dios, hallaremos paz. «Nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón permanece inquieto hasta que en Ti descanse».
Lo más importante de la Pasión no es el dolor exterior, sino el amor con el que Jesús —siendo Dios— se entrega hasta la muerte por el hombre, por amor al Padre. Si Dios se entregó en manos de los hombres que le iban a crucificar, ¿cómo podremos dudar de que Dios nos ama? Él sale siempre a nuestro encuentro. Solo quiere que le busquemos.
Dios va a morir por nosotros en la cruz, por el amor que nos tiene. Con la muerte de Jesús, Dios Padre nos da a entender cuánto nos ama. Da a su propio Hijo, el Hijo que —si el Padre quisiera— volvería a dar su vida por cada uno de nosotros. Vemos lo exterior, pero mucho mayor es el amor que hay detrás. Pidamos a la Virgen poder corresponder a ese amor.
Jesús, para destruir la idea que imperaba sobre el Mesías, anuncia a sus discípulos el misterio de su Pasión. Si queremos estar injertados en su misterio, tenemos que unirnos a su voluntad, dar nuestra vida por el Evangelio. Debemos pedir luz al Espíritu Santo para vivir las todas las afrentas que hemos de padecer por vivir según Cristo.
Buscamos paz interior, amor… pero buscamos en el mundo, en las criaturas. No encontraremos la paz si no prescindimos de nuestros deseos y de nuestros caprichos para ponemos a disposición del Señor. Solo encontraremos paz cumpliendo la voluntad de Dios, solo en Él encontraremos firmeza.
El Señor fue al desierto para prepararse a sufrir por cada uno de nosotros. Toda su vida es desierto, un desierto donde no se puede descansar. Fue al desierto para estar en unión íntima con el Padre. En el momento que nos sintamos solos, recordemos que Dios también estuvo solo en desierto.
Nosotros necesitamos hablar con Dios, con nuestro creador, porque Dios nos hizo para Él. Jesús nos da ejemplo, pues siendo Dios se va a orar. Fallamos cuando somos infieles, pero si oramos y somos confiados, sometiéndonos a Dios con la Virgen, alcanzaremos la gracia de aceptación que necesitamos para que nuestro corazón esté libre y obtengamos la paz de Dios.
Dios Padre nos entregó lo que más ama: eso vale más que entregar la propia vida. Tenemos que estar dispuestos a entregar lo que más amamos. La Virgen vio morir a su Hijo como un malhechor. Prefiriendo morir Ella en lugar de su Hijo, se mantuvo en pie al verlo en la Cruz. Debemos apoyarnos en Ella para poder decir con Jesús al Padre: «En tus manos encomiendo mi espíritu».
Lavar los pies era oficio de esclavo. ¿Cómo permitir que el Maestro se humille de esa manera? Dios quiere enseñarnos que, para estar con Él, tenemos que humillarnos. Él quiere lavar nuestra alma, sacar todo lo que no nos permite tener parte con Él. Tenemos que abrazar la Cruz y ver en ella la mano cariñosa y llagada de Dios.
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