Cor Iesu
Nosotros abandonamos a Jesús en los sagrarios, porque nunca vamos a estar con Él. Nos dejamos absorber por el mundo y nos convertimos en un desierto para Él. Debemos seguir sus pasos, estar unidos a Jesús. No lo entendemos, pero Él quiere este camino de soledad para nosotros, para llevarnos a la santidad.
En cada situación de su vida aquí en la tierra, Jesús tuvo que pasar soledades: en Nazaret le quisieron arrojar por un barranco; los fariseos siempre estaban buscando cómo matarle; en la cruz lo abandonaron… Soledades de parte de quienes Él amaba.
Siempre debemos contemplar el Corazón de Jesús. El Mesías prometido vino solo y pobre. San José y la Santísima Virgen tuvieron la suerte de poder compartir su pobreza. Cuando Jesús se separa de su Madre por tres días, cuando a Él le traspasan el Corazón, después, en la Ascensión… el Señor está preparando a su Madre para vivir en soledad, en pobreza.
Tenemos que acercarnos a Dios a través de la oración. Él se hizo cercano a nosotros para que hablemos con Él, lo conozcamos y lo busquemos. No podemos vivir sin Él. En todo pertenecemos al Señor. Debemos intentar tocar el Corazón de Jesús, enamorarnos de Él y no alejarnos nunca de su lado, porque Él nos quiere santos.
No podemos entender cuánto Él nos ama. Nos hacemos santos por su misericordia. Vemos a Jesús clavado en la cruz, con los brazos extendidos en el leño, para que su carne se haga sonoro tambor. A «tambor batiente» rompe el Crucificado la sordera de los más duros corazones.
Señor, hazme un apóstol de tu misericordia, porque cuando veo lo que haces con mis miserias, mis fallos, mis ansias y me lleno de inmensa alegría y confianza. No hay nada más grande que enamorarme del Corazón de Jesús, porque creo en su amor para conmigo. Alabado sea Jesucristo.
Corazón de Jesús, en Ti confío. Creo en tu amor para conmigo y, por eso, en mis miserias, mis debilidades, mis pecados y en mi egoísmo, mi confianza es tu Corazón. Porque es en Ti, Señor, y no en mis fuerzas, en lo que tengo fe.
La carne es débil y el mundo y Satanás no cesan de tentarnos, pero Dios nos lleva por el camino de la Vida. Vivimos con la esperanza de un día ver a Jesús cara a cara, porque su Resurrección es la garantía de la nuestra. Dejemos que Él nos lleve a la Vida Eterna.
Corazón de Jesús, ¡en Ti confío! No solo eres abogado, sino que también eres mi esperanza. Tú oras y presentas tu sangre al Padre por mí. Yo creo en tu amor para conmigo, Jesucristo, el Justo.
¿Quién me defenderá ante Dios Padre? ¿Quién ha pagado mis deudas? ¿Quién conoce mi causa? Cristo Jesús, nuestro Abogado. Él conoce mi causa y me defiende diciendo: «Yo pagare por él». Ahora, a la derecha del Padre, el Corazón de Jesús aboga por nosotros.
Jesús es Rey. Es nuestro Rey. Un Rey que renuncia a toda violencia, y es en la cruz donde hace su renuncia. Vemos a Cristo con sus brazos clavados diciendo: «No he venido a ser servido, sino a servir, para la salvación de los hombres». En esa cruz vence al mal por amor a nosotros. Es Rey humilde.
El Señor me llama a tratarle con confianza, pues es la llave que abre las puertas de su gracia y de su amor. No puedo dejar que mi soberbia sea un obstáculo que me impida recibir su misericordia y el amor de Padre que me tiene. Me mira y me dice: «Confía».
Si miro dentro de mí, ¿qué es lo que encuentro? Y si miro hacia fuera, ¿qué veo? «Señor, aquel a quien Tú amas está enfermo». El Dios misericordioso está a la escucha de nuestras súplicas, porque nos quiere salvar. Esperamos en su bondad que nos dará la vida.
¿Dónde encontraré alguien que me ame hasta dar la vida por mí? Solo en Jesús. Somos siervos de Dios, y el objetivo de nuestra vida es conocerle, amarle y vivirle, porque SOLO Él tiene palabras de vida eterna. Pero, antes de conocerle a Él, es necesario el propio conocimiento.
En nuestro mundo lleno de prisas, tenemos que fijar nuestros ojos en el Señor y abandonarnos en su misericordia, porque el Corazón de Jesús quiere enseñarnos a ser mansos, pacientes y humildes. Imitemos a la Virgen que nunca se miró a sí misma.
No tengas miedo a meterte en el Corazón de Jesús, con tus penas y con tus miserias, Él te quiere librar de todas ellas. Con los brazos abiertos el Señor espera a que le pidas ayuda y a que tengas la confianza de que Él puede hacer milagros en ti. «Ten piedad de mí, Señor».
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