Contemplad a María
Abelardo de Armas —cofundador de la Cruzada de Santa María— describe en esta meditación de «Contemplad a María» cómo la Santísima Virgen alaba al Señor y entona su Magníficat en esa visita a su prima Santa Isabel, en la que su prima reconoce su Maternidad Divina. Debemos pedir a la Virgen que, al igual que ella, podamos entonar un canto de alabanza a Dios, desde lo más profundo de nuestro corazón, dóciles a su voluntad Divina.
En esta meditación de «Contemplad a María», Abelardo de Armas —cofundador de la Cruzada de Santa María— nos invita a entregarnos a la Virgen, a confiar siempre en su ayuda y a dejar que sea Ella quien nos guíe en el camino de santidad. Abelardo añade un consejo: no dejar de buscar la cruz, aún en los gozos lícitos que Dios nos quiera dar.
Abelardo de Armas —cofundador de la Cruzada de Santa María— medita en «Contemplad a María» cómo la Virgen adora, ama y confía. Como madre que es, sobre todo, tiene puestos sus ojos y su corazón en el Niño. Debemos aprender de Ella a vivir el momento presente sin pensar en los males que puedan venir después. María nos recibe como hijos suyos al pie de la cruz.
Abelardo de Armas, cofundador de la Cruzada de Santa María, nos invita en esta meditación de «Contemplad a María» a poner todos nuestros dones al servicio de la Iglesia. Contemplemos a la Virgen con una mirada íntima y absorta por su Dios y, de esa manera, evangelicemos al mundo que se encuentra necesitado de la conversión y reconciliación con Dios.
En esta meditación de «Contemplad a María», Abelardo de Armas —cofundador de la Cruzada de Santa María— nos invita a buscar a Jesús en los ojos de María. Y nos pide que lo hagamos sin miedo, porque Ella es Madre. Los ojos de la Virgen tienen a Dios y te llevan a Jesús. Contemplad los ojos de la Virgen y encontrareis todo lo que necesitáis para vuestra vida espiritual.
Abelardo de Armas, cofundador de la Cruzada de Santa María, nos cuenta en esta meditación de «Contemplad a María» que, para encontrar el gozo de Dios, no basta solo dar, sino que hay que darse a uno mismo y de esa manera llegar a un abandono total. Así lo hicieron muchos santos que lo tomaron como camino de perfección. Por la fe encontramos este gozo en la Eucaristía.
Abelardo de Armas, cofundador de la Cruzada de Santa María, nos invita a vivir este mes de mayo muy cerca de Nuestra Madre del Cielo. En «Contemplad a María» nos explica que Ella es luz en el sendero y estrella que nos guía por un camino más seguro y rápido a Jesús. Seamos absolutamente todos de María y entreguemos a Ella cada momento de nuestra vida para Cristo, confiados en su maternal protección.
La Virgen está tanto al comienzo como al término de la Escritura, siempre asociada al misterio de la vida de Jesús y al nacimiento de la Iglesia. Ella está unida a su Hijo de una manera inquebrantable, por eso es nuestra corredentora. Tenemos que aferrarnos a la Virgen y pedirle que nos haga santos, que nos vuelva la mirada al cielo.
María es Madre de Dios en el sentido más pleno de la palabra. Por ser Virgen, por su puro corazón, concibió al Hijo no solo corporalmente sino también en el alma. Jesús confiaba en Ella, se dejaba moldear por Ella. Ahora, por su ofrenda al Padre, es Madre espiritual de todos los miembros de la Iglesia.
Tenemos que mirar a la Virgen, Ella es nuestra Madre. Contemplarla nos purifica, nos fortalece. Con la Virgen encontramos consuelo en la angustia y ayuda en nuestros problemas. Pongámonos en sus manos y pidamos que interceda por nosotros y por el mundo.
Para ser santos tenemos que conformar nuestra vida a la voluntad divina. La Virgen Santísima, Nuestra Madre, que mantuvo un «hágase» constante, es nuestro ejemplo. Debemos seguirla, imitarla. Tenemos que tener paciencia y hacer oración contemplando a María, para poder decir con Ella un fiel y constante: «hágase».
Dios quiere nuestro abandono total. Por eso nos pone a María, su Madre, para que sea nuestro modelo, nuestro sustento. Debemos, como Ella y confiando en Ella, abandonarnos en Dios y aceptar ser desposeídos de todo.
La Virgen es un gran modelo de humildad que con su sencillez, alegría y fidelidad ha engendrado a Dios hecho hombre. Ella es nuestra Madre y, por lo tanto, el camino más eficaz a la santidad. Ella es forjadora de santos y nuestro gran modelo a seguir.
Dios ha preparado un corazón que pudiera amarle como Él necesitaba. No existe otro corazón como el de la Madre de Dios. Como ama a Jesús, nos ama también a nosotros. Y si Dios ha sido capaz de crear un corazón que nos ame así, ¿cuánto nos ama Él?



